domingo, 1 de marzo de 2015

Virginia Woolf, "La señora Dalloway"

En "La señora Dalloway" (1925), sin apenas acción e intriga –al igual que en otras de sus obras– Virginia Woolf consigue captar el aliento inestable, vaporoso e inasequible de la conciencia, con especial énfasis en el tiempo narrativo y en lo que, durante ese “tiempo”, obran los elementos emocionales y lo que pasa por la conciencia de los personajes: oleadas de ideas más o menos erráticas (flujo de conciencia), o el despliegue de los pensamientos generados de forma más estructurada y ordenada (los monólogos interiores.

En su día, esta novela así como "Al faro" (1927), llamaron la atención de la crítica al romper con los esquemas narrativos tradicionales mediante la utilización de técnicas, que la escritora ya había incorporado en libros anteriores, pero que habían pasado desapercibidas. En los momentos actuales se pondera, aparte de su contribución experimental, su maestría y originalidad, además de la utilización de imágenes más propias de la poesía; dicho en otras palabras: es objeto de admiración su capacidad para convertir una historia casi anodina en una prosa exquisita.

Como digo, La señora Dalloway es una novela con mínimos sucesos que contar, salvo el suicidio de Septimus Warren Smith. Aparte del trágico final de ese personaje desgraciado, no pasa nada memorable; un narrador difícil de superar, apenas perceptible, que se difumina en reflexiones internas y recuerdos; seres cuya descripción física –es curioso– no existe; paseos, sensaciones auditivas y visuales y un gozoso lenguaje. Amén de una atmosfera literaria placentera, cargada de flores, jardines, sonidos de campanas y paz. Una delicia a degustar.

Porque “La señora Dalloway”, hay que tenerlo muy presente, es una novela que si rompe con la tradición literaria del momento e inicia una nueva época, es porque lo importante no son los hechos, las pequeñas vicisitudes domésticas que acontecen, ni siquiera la dramática causa de los delirios y posterior suicidio de Septimus, perseguido por sus alucinaciones. Lo capital, el eje del relato es que está contado, de modo directo, desde el ánima de los personajes, desde dentro de sus intelectos, de sus memorias, sentimientos y subjetividad; poniendo al descubierto para el lector las abstracciones y propósitos más íntimos y sutiles, tanto cuando se deleitan como cuando sufren o algo les inquieta; sea el paso inexorable de los años o las zancadillas y fracasos disfrazados de costumbre.

Por todo lo expuesto, por sus aportaciones a una nueva narrativa, que ya anticipara y acuñara James Joyce –o Flaubert en otro sentido– y Faulkner, no se explica muy bien que la notoriedad de Virginia Woolf como escritora decayera al poco de su fallecimiento, y que no fuera hasta los años 70 del pasado siglo, cuando resurgiera de la mano de una nueva oleada feminista o de “liberación de la mujer”. Este retorno vino impulsado por su libro Una habitación propia, de 1929, escrito a partir de los materiales e ideas de dos conferencias dictadas el año anterior (Cambridge, 1928). En lo básico, defendía la capacidad intelectual de la mujer y que lo único que estas necesitan es un espacio de libertad donde puedan leer y escribir. Enfatiza, critica, las diferencias educativas entre hombres y mujeres, los difíciles accesos de la mujer a estamentos universitarios pero, sobre todo, su limitada independencia económica y personal, o sea, la necesidad de que dispongan de “una habitación propia” (estamos en la Inglaterra del 29). Su figura, entre 1970-80, cobró nuevo vigor y todos sus escritos pasaron a leerse desde una distinta perspectiva y atención, aunque no estuvieran vinculados al debate sobre la paridad hombre-mujer, ni a las trabas y libertades de estas últimas. Sus libros (todos) ya no han perdido interés hasta nuestros días.

Breve semblanza biográfica

Virginia Woolf (Adeline Virginia Stephen de soltera), había sido educada por sus padres en un ambiente literario donde abundaban los ilustres visitantes a su casa de Hyde Park Gate en Kesington. Entre ellos pueden citarse a Alfred Tennyson, Tomas Hardy y Henry James que la llenaron de influencias victorianas y de modelos a seguir. Aparte tenía acceso directo a una inmensa biblioteca familiar que la permitió introducirse en la literatura inglesa y en los clásicos.

Virginia, desde muy joven, padeció depresiones. Fue internada por primera vez en 1904 (a los 22 años) cuando la muerte de su padre la provocó un alarmante ataque que, después, evolucionó a periódicos brotes depresivos, al parecer derivados, también, de los supuestos abusos deshonestos a que la habían sometido sus medio-hermanos George y Gerald Duckworth, que Virginia recuerda en uno de sus ensayos autobiográficos. Estos hechos no se terminaron de confirmar con claridad por su biógrafa Hermione Lee, al valorarse las pruebas como insuficientes y difíciles de interpretar con precisión judicial. Contribuyeran o no dichos factores al deterioro de su delicada salud psicológica, a ello se le sumaron otras enfermedades que, no obstante, nunca la impidieron realizar su actividad literaria.

Después de su segunda crisis nerviosa se trasladó a vivir al barrio londinense de Bloomsbury, que se convirtió en un polo de atracción de la intelectualidad literaria y artística más avanzada y liberal de la época. Formó parte del denominado Grupo de Bloomsbury, de ética libre en su primera fase. Eran jóvenes procedentes del Trinity College de Cambridge, discrepantes del realismo, de la moral religiosa, y renovadores de las formas y conceptos de la literatura inglesa. Su casa acogía a gentes de la talla de Wittgenstein, Bertrand Russell, el economista Maynard Keynes y Leonard Woolf, el futuro marido de Victoria con el que contrajo matrimonio a los treinta años, cuando corría 1912.

A su marido, con ironía, lo definió, como “un judío sin un céntimo”, becado, de elevadas cualidades intelectuales y cercano a estamentos selectos, pero entre ambos –ironía aparte– se estableció un fuerte lazo emocional, creando juntos, en 1917, la Editorial Hogart Press que editó la obra de Virginia y, además, la de otros relevantes escritores e intelectuales como T. S. Eliot, Freud y Katherine Mansfield.

Fruto de su filosofía liberal, y de su militancia abierta contra la exclusividad sexual, en 1922 Virginia inició una relación con la escritora y jardinera Vita Sackville-West cuyos vínculos se mantuvieron varios años (“novelada” en la Sally Seton de La señora Dalloway). A Vita la dedicó y regaló, la novela Orlando (1928) en la que el personaje experimenta las relaciones amatorias con ambos sexos.

El trastorno mental que padecía Virginia Woolf, “Psicosis maniaco depresiva”, también conocido como “Trastorno bipolar”, suele iniciarse, según está descrito, en personas jóvenes o niños y se manifiesta como manías que pueden alternarse con estados depresivos que llevan de la alegría a la tristeza de forma muy acentuada, extrema.

Se suicidó en la primavera de 1941. Se arrojó al río Ouse, cerca de su casa, con el abrigo puesto y los bolsillos llenos de piedras y su cuerpo tardó en aparecer una veintena de días. Gran aficionada a escribir cartas, a su marido le dedicó su último texto que comienza así:
“Siento que voy a enloquecer de nuevo. Creo que no podemos pasar otra vez por una de esas épocas terribles. Y no puedo recuperarme esta vez. Comienzo a oír voces, y no puedo concentrarme. Así que hago lo que me parece lo mejor que puedo hacer. Tú me has dado la máxima felicidad posible [...].”

Sinopsis de la novela

Es la historia de una sólo día de la vida de Clarissa Dalloway, una dama de la alta sociedad londinense en el inquieto y reflexivo ocaso de su existencia. Las vicisitudes de esa jornada son las que nos permiten entrar a conocer, mejor en lo anímico que en lo físico, a un grupo de personas de muy distinta condición y situación personal, con desiguales puntos de vista y circunstancias vitales. A la vez, el lector tiene la oportunidad de hacer un circuito por las calles céntricas de Londres en un soleado día de Junio; visitar sus parques, percibir la belleza de las flores, observar el tráfico y la gente, oír las campanadas horarias del “Big Ben” y de otros relojes de los contornos.

La jornada comienza cuando la señora Dalloway sale a la calle para ir en persona a comprar las flores que precisa para la fiesta que va a celebrar en su casa esa noche y, acaba, cuando la mayoría de los invitados ya se han retirado y sólo quedan lo rezagados. Entre medias se han ido evocando, por unos y otros, los acontecimientos que los vinculan: recuerdos más o menos felices del pasado, interpretaciones de lo que fue, cálculos de lo que pudo haber sido, el suicidio y la culpa, la indiferencia… Visible, casi todo, “en directo”, desde el alma de los personajes: la memoria, la sensualidad, la angustia… se atisban con franqueza en el contenido de sus agitadas naturalezas a través de los monólogos interiores.

Narrador

En esta novela nos encontramos con un inestimable narrador (¿hombre o mujer?) muy comedido y velado las más de las veces, apenas perceptible, y que transita de un pensamiento a otro de los personajes, dándonos a conocer los sentimientos, evocaciones y sensibilidad que se generan en sus conciencias. Lo hace penetrando en el interior de sus psicologías y, en otras ocasiones, al modo acuñado por Flaubert, utilizando el estilo indirecto libre que suprime el verbo introductor y la partícula que identifica al relator: (“dijo que…”), (“explicó que…”), (“añadió…”), de forma que el narrador y la voz del personaje se fusionan (aunque éste no hable) y parezcan una misma y única voz. Por ejemplo, cuando los transeúntes observaron aquél vehículo de apariencia regia:
“Pero la propia Lucrecia no podía evitar el seguir mirando el automóvil y el dibujo en forma de árbol de las cortinillas. ¿Sería la reina? ¿La reina que iba de compras?”
El narrador omnisciente, en tercera persona, dice al lector “Lucrecia no podía evitar seguir mirando el coche” y, a continuación, se manifiestan dudas sobre si sería la reina la ocupante. Pero es Lucrecia la que se hace preguntas, “suplantada” por el narrador (“¿Sería la reina?...”), porque parece que fuera el narrador quien prosigue su discurso.

A menudo, se tiene la sensación de que accedemos a las percepciones de los individuos, sin intermediarios, irrumpiendo en sus íntimos pensamientos, en medio de sus inquietudes o dudas, con verosimilitud extrema. Sin la intervención de terceros que lo cuenten, el lector descubre las especulaciones, los recuerdos recuperados, las alegrías o tristezas, la delectación que les causa la belleza de las flores, el frío o el calor, lo que les sugieren los sonidos de las campanas de los relojes, la visión de los parques, de las calles…

El narrador está tan próximo a los protagonistas, que lo que escuchamos (leemos), fresco, espontáneo son los ecos de sus actividades mentales (el inestable flujo de conciencia), o sus reflexiones interiores (monólogos), actividades que puede conocer sólo el propio sujeto, pero este formidable narrador nos introduce en ellas, en el centro de sus meditaciones, en lo que les preocupa, y en sus juicios y pasiones. Hay decenas de ejemplos posibles

Clarisa:

“Al dejar el broche sobre la mesa, sintió un súbito espasmo, como si, mientras meditaba, las heladas garras hubieran tenido ocasión de clavarse en ella. Todavía no era vieja. Acababa de entrar en su quincuagésimo segundo año. Le quedaban meses y meses de aquel año, intactos […] ¡Cuántos millones de veces había visto su cara, y siempre con la misma imperceptible contracción […]! Había intentado ser siempre la misma, no mostrar jamás ni un signo de las otras facetas, deficiencias, celos, vanidades, sospechas, cual ésta sobre lady Burton que no la había invitado a almorzar; lo cual, pensó (peinándose por fin), ¡Era de una bajeza sin nombre! Bueno, ¿y dónde estaba el vestido?”

Peter Walsh:

“El sol seguía calentando. Sin embargo uno se adaptaba a la realidad. La vida daba los días uno tras otro…” El relator, como si estuviera situado en el intelecto y el corazón de los personajes da fe de pensamientos que no llegan a materializarse de palabra, a decirse en voz alta. Accesible a los contenidos “interiores”, a las reacciones no exteriorizadas, el punto de vista va cambiando de uno a otro personaje porque no importa tanto lo que puedan decir sino la conciencia del individuo mismo, su intimidad intelectual, especulativa, sentimental. Con cierto énfasis en la condición femenina, y su sentir, puesto que las damas son prioritarias en la galería de tipos que se mueven por la páginas de la novela.

El foco es muy variable dentro de lo que acontece ese único día. Se ven a sí mismos y a la vez, en perspectiva, el universo habitado por los demás; ven al otro, la vida; pero desde dentro, en visiones distintas y hasta contradictorias, en positivo o negativo, como en el caso de Septimus. Acontece en todo el relato, es la seña de identidad: el foco, el punto de vista puede ser el de Peter y, apenas apreciable, cambiarse a Septimus, Rezia o Clarissa o a secundarios como la señora Filmer. El lector ha de ir reordenando la historia desde esos planos o referencias.

Ambiente

Merece la pena detenerse en el ambiente y el escenario de la novela. En primer lugar se ha de hablar de la atmósfera creada a partir de apreciaciones no exteriorizadas, recuerdos tocados de lirismo o poesía. Son las gratificantes galas que envuelven y ennoblecen buena parte de la novela, en especial el paseo de la señora Dalloway por calles y parques observándolo todo con dulzura, fascinada por lo que ve y siente, y que nos transmite a los lectores con fácil contagiosidad; sus buenos deseos para con la gente con la que se cruzaba; las flores, las banderas que se encontraba al paso así como su impronta personal y la belleza interiorizada que la hacían sentirse feliz y femenina. Flotaba entre las campanadas “de plomo” del Big Ben, entre los recuerdos, el tráfico, los jardines, el sol, el aire fresco, tan agradable, las flores de la tienda, las conjeturas sobre su fiesta, anticipando la reunión… no podían resultarla más gratificantes y placenteras.

Estaría su marido Richard, disimulando sus devaneos que la hacían sentirse celosa; su hija, Elizabeth, que aparecería joven y guapa… Y luego, la celebración, los invitados, anunciados al llegar por el Sr. Wilkins “(alquilado para la fiesta)”, los amigos inolvidables, los que aparecían tarde, después de asistir al festejo en el palacio de Buckingham. Contemplaba la decoración del salón, la cortina amarilla con todas las aves del paraíso agitada con suavidad por la brisa que entraba por la ventana, las hermosas piezas de plata sobre las mesas, las bandejas, las risas…. Repetía el saludo a los que iban llegando, siempre lo mismo: “Qué delicioso verte”: las voces casi olvidadas, la sorpresa: ¡Era Sally Seton!...Su mejor amiga… El universo de la señora Dalloway en todo su decadente encanto, resistiéndose a envejecer. Un escenario tenue, sin aristas, ensoñador, ligero como la memoria inasible. Ensombrecido por la tragedia de Septimus. Un borrón, como dijo Mario Vargas Llosa en La verdad de las mentiras citando a aquel calígrafo japonés que siempre ponía una mancha en sus primorosos escritos: “Sin ese contraste no se apreciaría la perfección de mi trabajo”.

Estructura del texto

Ha sido subrayado con reiteración que, así como las novelas se suelen organizar en capítulos para mejor seguir el relato, en este caso el orden establecido se ha hecho confuso –a ritmo de recuerdos, de idas y venidas de las conciencias–, en función de las horas, mejor dicho, marcados por las campanadas horarias (el Big Ben y otros relojes mal sincronizados) que fragmentan el tiempo narrativo de aquel día de Junio hasta en nueve secciones, donde se va encajando la actividad de los personajes que, en resumidas cuentas, son quienes prestan dinamismo a la historia. Aunque ellos desearían que el tiempo, el suyo, se detuviera.

Otras consideraciones y algunas claves

Como hallazgos, al margen de la ruptura de Virginia Woolf con los esquemas literarios entonces al uso –tras la estela de James Joyce, según lo dicho–, debe realzarse que ella, y sus amigos del grupo de Bloomsbury, modificaron de forma radical la estructura lineal del tiempo narrativo, recurriendo a los recuerdos para combinarlos con fracciones del presente en los que la trama, por mínima que sea, va progresando, aunque abarque un solo día como en el caso de La señora Dalloway.

Dueña de una inestimable prosa literaria donde predomina, nítida, la forma sobre el fondo, ello no impide apreciar los contenidos críticos con respecto a determinadas particularidades e inquietudes manifestadas por los personajes y manejadas con delicadeza por la autora. Me explico.

En primer lugar, es evidente que en el relato se censuran algunas conductas abusivas de determinados integrantes de la clase médica en general y, más en concreto, psicólogos y psiquiatras. Su reproche se dirige hacia el afán de lucro económico como única causa para prolongar los tratamientos de los pacientes (ahora se denomina a esto “exceso de intervencionismo”), que suponía costosas estancias en clínicas o “casas de reposo”, en regímenes de aislamientos dolorosos y difíciles de sostener por familias de clase modesta (como la de Septimus Warren). Virginia mostraba su escepticismo quizás porque “sabía” que la evolución clínica de esas enfermedades dependía más de la madre naturaleza que de la sabiduría y artes curativas de muchos de aquellos endiosados galenos. Debía tener experiencia personal suficiente, por sus propios padecimientos, para opinar en este sentido.

Al hilo de esta desaprobación merecerá la pena, sin dejar aún el caso de Septimus, indagar en los orígenes recónditos (pero no tanto) de la patología mental que le aquejaba. Con su sutileza característica, el narrador no deja de poner el acento en los efectos “diferidos”, “ocultos”, y puede que hasta ocultados, de las guerras en forma de padecimientos anímicos, neurosis, etcétera de muchos de los “felices” supervivientes que, aun habiendo corrido grandes peligros, salvaron sus vidas y ni siquiera resultaron heridos en los lances bélicos en que participaron.

En otro sentido, es patente la inquietud que subyace en la mente de los protagonistas principales por el paso de los años, su llegada a la madurez, que acogen con cierta aprensión, observándose, ojo avizor, los estragos que el paso del tiempo va causando en sus organismos. Es una vida que todavía les resulta muy apetecible saborear, a pesar de que no dejan de percibir la decadencia de aquella sociedad y lo irreversible de las oportunidades perdidas.

Quiero insistir, no es causa menor, en el valor literario añadido de los elementos autobiográficos de Virginia Woolf contenidos en ésta novela, lo que exige prestar atención, a la vez, tanto al núcleo principal de la novela como a lo que parece accesorio. No explícito del todo, pero que desborda e impregna las páginas de “La señora Dalloway”. Una revisión (en paralelo) de la biografía de Virginia es muy oportuna, y ayudaría a no pasar por alto la fina sensibilidad que adorna todo el texto, donde el peso relativo de lo femenino (el énfasis empleado), como ya he apuntado, es superior en el relato al de los varones que se pasean por sus páginas.

Por último, cabe resaltar los engaños y desengaños o fracasos disfrazados de costumbre, “de conveniencia” de la vida matrimonial, de muchos de los personajes. Y en la cara opuesta, enfrente, la nueva cultura sexual que irrumpe moderna: la bisexualidad, en incipiente evolución; un canto a la libertad en un mundo en transformación, más individualista y capaz de saltar por encima de las (algunas, muchas) barreras sociales.